
No recuerdo cómo llegué a Laredo desde Houston, pero sí recuerdo las tortillas sin grano que Miguel Garza me daba después de que él y yo corriéramos repetidas millas bajo el calor del sur de Texas. Era un ritual tonto que esperaba con impaciencia cada vez que entrenaba con él. Miguel estaba terminando la carrera de Derecho mientras dirigía un gimnasio familiar llamado G7 Athletics. Como atleta consumado que era, ni una sola vez le gané en esos kilómetros de repetición. Tenía una manera astuta de distanciarse sin hacer un escándalo por ello. Esta habilidad jugaría a su favor en los años venideros.
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